Este domingo se cumple un mes del asedio petrolero de Estados Unidos a Cuba, con una crisis humanitaria que se fragua inexorablemente en la isla, una incertidumbre absoluta, señales políticas contradictorias y un rumor creciente de contactos bilaterales en la sombra.
Las gasolineras están desabastecidas. Desde entonces, solo un tanquero del exterior ha llegado a puertos cubanos. Ante esta situación, varios países han empezado a enviar ayuda humanitaria a la isla, encabezados por México, que este sábado entregó en La Habana su segundo envío, de 1.200 toneladas de alimentos. Según fuentes, los primeros isotanques con diésel del exterior —principalmente de Miami (EE.UU.), pero también de México y Colombia— ya han llegado a la isla o están en camino, importados por pequeñas empresas de capital cubano.
En este contexto, la Tropa Guardafronteras cubana abatió el pasado miércoles a cuatro personas que habían entrado con una lancha rápida en aguas territoriales de la isla y que abrieron fuego contra los oficiales cuando estos les dieron el alto para identificarlos. Según informaron las autoridades cubanas, la embarcación, con matrícula de Florida (EE.UU.) y transportando a diez cubanoamericanos (los otros seis resultaron heridos en el intercambio de disparos), fue hallada con 14 rifles de asalto, 11 pistolas, cerca de 13.000 balas y otro equipamiento militar.
«El impacto es sistémico», asegura. El experto cubano Jorge Piñón, del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, explicó a EFE que si no entraba más petróleo en Cuba, la isla agotaría sus reservas estratégicas este mismo marzo y entraría en una «grave crisis».
Pese al potencial desestabilizador del incidente, la administración estadounidense ha respondido con moderación e indicado que desea aclarar de forma independiente lo ocurrido, algo que han destacado varios analistas internacionales. Las últimas semanas han estado además marcadas por informaciones exclusivas en los medios estadounidenses Axios y Miami Herald sobre contactos entre Rubio y un nieto del expresidente cubano Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, en las que se habla de conversaciones sobre el futuro, posibles reformas económicas graduales en la isla y una retirada escalonada de las sanciones.
Esto vendría a confirmar las repetidas declaraciones del presidente de EE.UU., Donald Trump, sobre negociaciones con las autoridades de la isla, pese a que el Gobierno cubano no ha confirmado en ningún momento los contactos (y en varias ocasiones los ha negado). Varios analistas consultados por EFE se decantan por la veracidad de estos contactos, aunque otros dudan que este nieto de Raúl Castro, a cargo de la seguridad personal de su abuelo, sea el encargado de representar al Gobierno cubano pese a no tener ningún cargo institucional.
La posibilidad de contactos, no obstante, no tiene por qué suponer que EE.UU. y Cuba pongan en marcha una mesa formal de negociaciones y alcancen algún acuerdo que suavice la presión de Washington. Ni siquiera destierra totalmente la opción militar sobre la isla, como demuestran los casos de Venezuela e Irán.
La parálisis afecta a todos los sectores. El transporte público ha desaparecido. Los precios de los alimentos se han disparado. El Ejército ha sido llamado de emergencia a recoger montañas de basura de las calles. Las universidades y las oficinas públicas están en modo a distancia, como en la pandemia. Los hospitales carecen de medicamentos y suspenden tratamientos básicos y operaciones. Las grandes hoteleras, como las españolas Meliá e Iberostar, han cerrado instalaciones, y la minera canadiense Sherritt, la principal inversión extranjera en la isla, ha detenido sus operaciones de extracción de níquel y cobalto por falta de combustible. Una encuesta de la firma cubana de servicios empresariales Auge estima que, un mes después del inicio del asedio petrolero, un 78 % de las pequeñas y medianas empresas privadas cubanas «informa de caídas en sus ventas».
De forma paralela, EE.UU. tomó un par de medidas esta semana que abren una vía para la entrada de combustible, aunque en pequeñas cantidades y solo para el sector privado, lo que alivia pero no soluciona la crisis.